LOGO la tribu entera

DOCENTES FRENTE A LOS JÓVENES

 

De acuerdo con el Boletín Epidemiológico de la Secretaría de Salud, hasta la semana 33 de 2018, el Estado de México ha registrado 4 mil 744 casos de violencia intrafamiliar, de los cuales, en 92 por ciento  de los casos las mujeres han sido las afectadas y solamente ocho por ciento hombres. Durante esa semana, se registraron 347 casos, lo que no significa que sean todos, porque muchos no se identifican.

Justo ayer comentaba con Pepe Nader –el dueño de este medio de comunicación-, que los profesores tenemos una gran responsabilidad y que no podemos permanecer ajenos o distantes a las circunstancias que enfrentan nuestros estudiantes, porque los vemos casi diario y –si somos sensibles- podemos percibir si tienen o no problemas.

La charla con Pepe me recordó una experiencia que quisiera compartir con usted:

Su ausencia fue notoria, porque en clase siempre participaba y hacía alguna aportación interesante. Mostraba mucho ánimo, a pesar de que el curso apenas llevaba tres semanas de iniciado. Su sonrisa destacaba por encima del resto y su mirada mostraba energía.

Dejó de asistir. La primera falta fue, digamos, “normal”. Cuando sumaron tres continuas, me llamó la atención y me generó inquietud. Afortunadamente a la siguiente sesión se presentó.

Su mirada no era la misma, había perdido brillo y el ánimo se notaba muy por debajo de lo que habitualmente había mostrado.

Al  terminar la clase, le dije: “Qué bueno que estás de regreso, hacías falta en clase porque siempre aportas. Ánimo, todo tiene solución y todo pasa. Tienes mucho talento y un futuro prometedor. Ponle ganas”. Fue todo, no dije nada más y me retiré del salón. Hace años debía salir rápido de clase, para cumplir con mi otra responsabilidad en el Gobierno del Estado de México.

En la siguiente sesión, al llegar me sorprendió ver a una señora afuera de mi salón, junto a mi estudiante. Inicialmente me espanté, porque en la licenciatura no es común ver a las mamás, a los papás o a algún familiar de un alumno en la escuela. Me tranquilizó verla sonriendo.

“Buenos días”, saludó amablemente la señora. “Buen día”, respondí y se presentó conmigo, me dijo su nombre. Naturalmente me presenté, agradecí su amabilidad y añadí: “A sus órdenes, ¿en qué puedo ayudarle?”

“Solamente quería conocerlo, profesor” –dijo la señora- “porque mi hija siempre lo refiere y tenía interés por conocerle”. Me desconcertó un poco el comentario, pero lo agradecí y le dije que esperaba que fuera positivo. “Sí, claro” -respondió la señora, “solamente quería conocerlo”. Agradecí nuevamente sus palabras, me reiteré a sus órdenes y me despedí para iniciar la clase.

Mi estudiante recuperó el ánimo, le puso mucho empeño y obtuvo buena calificación. En la última sesión me despedí de todos y ella se me acercó, me entregó –con cierta timidez- una carta. Otra sorpresa: de entrada no sabía qué hacer y me dijo: “Por favor, véala hasta después. No ahora”, y se fue. Solamente acerté a decir “gracias”.

En su carta me contó que aquella ausencia de clases era por una situación familiar complicada. Me explicaba que hubo episodios de violencia intrafamiliar e incluso hubo golpes entre sus padres. Ella se había deprimido y tuvo problemas de anorexia y bulimia, pero todo se estaba resolviendo. Me agradecía por aquellas palabras a su regreso, dándole ánimo y diciéndole que tenía un futuro prometedor.

Me quedé pasmado y en ese momento comprendí el papel que tenemos como docentes frente a grupo, y que trasciende la simple transmisión de información o “conocimiento”.

Considero que las instituciones públicas deberían enfatizar programas, planes o estrategias para identificar esa problemática y tomar medidas que permitan atender a quienes viven violencia intrafamiliar o padecimientos relacionados con la salud mental, y los docentes tenemos una gran responsabilidad.

Hace un par de años, me encontré con mi estudiante en la avenida Reforma de la Ciudad de México. Estaba feliz y radiante, como cuando la conocí en el aula. Me compartió que trabajaba en una dependencia federal y estaba entusiasmada porque aprendía mucho y empezaba a crecer profesionalmente. Nos despedimos y me alegró verla así.

Quiero pensar que aquellas palabras -que me animé a decirle cuando regresó a mi clase- le ayudaron en algo y por eso siempre me convenzo que –como dice el proverbio africano- “para educar a un niño hace falta la tribu entera”.

PERCEPCIÓN

Lo invito a que visite la Cineteca Mexiquense. Vale la pena. Procure llegar con tiempo, porque se llena rápido y no hay boletos con lugares asignados. Sería bueno que establecieran un sistema para evitar la corredera en la sala para “agarrar lugar”, sobre todo cuando asisten niños.

 

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