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Muchos afirman que los toros, especialmente el espectáculo de la lidia, pero también, cientos de festejos populares que tienen al toro como protagonista, poseen significado y valor artístico. Para los defensores de estos eventos, el dolor y el sacrificio del animal es el coste necesario de obtener el placer estético que procura la corrida o el festejo. Te dicen que también se torturan y sacrifican animales por el placer de comer, como parte del “arte” de la caza o la pesca.

No obstante, al toreo se le suele atribuir una dosis mayor de relevancia artística, a la par que una mayor densidad simbólica, no ya solo como “escenificación de la lucha del hombre con la naturaleza” sino también como un complejo de creencias, valores y actitudes que constituyen una cierta filosofía de la vida ligada, además, al mito de la tradición en torno a la identidad española.

Es innegable que los toros son parte de la cultura y la tradición española, sin embargo me es de suma importancia afirmar: que algo forme parte del patrimonio cultural de un país no le otorga valor estético ninguno, ni mucho menos moral. De igual forma la inquisición, la expulsión de los judíos o el caciquismo son parte de su cultura y a nadie se le ocurriría defender estos temas. Por otro lado, que las fiestas de toros sean motivo de inspiración para muchos artistas no significa que ellas mismas sean obras de arte (el horror de la guerra, o el desamor, también han inspirado frecuentemente a los artistas, pero no por eso son objetos estéticos).

Pero ¿son los toros un arte (más allá de una serie de técnicas  y habilidades para burlar y matar a un toro)? Primero entendamos el concepto de arte y qué relación tiene con la moral. Los griegos empleaban el término “kalokagathía” para referirse, a la vez, a lo bello (kalós) y lo bueno (agathós). ¿Quiere esto decir que algo no puede ser bello sin ser a la vez moralmente aceptable? En lo que al tema del torero se refiere, hacer sufrir hasta la muerte a un animal, sin necesidad ninguna, es moralmente malo (vamos a suponer que todos coincidimos en esto),hacer de esta maldad la condición de algo bello, como pretenden que sea el toreo, parece algo muy discutible.

¿Pero por qué lo bello ha de estar en contra de lo malo? Solemos pensar, por ejemplo, que una persona guapa puede ser mala o, al revés, que alguien muy feo puede tener un corazón de oro ¿Cómo es esto posible? También cuando el artista invoca a la belleza representando su ausencia aparente, como en el arte deliberadamente feo, hay una denuncia de la maldad y la imperfección del mundo. Algunas escenas de la lidia (no digamos de los festejos taurinos populares) podrían ser una muestra de este arte de lo grotesco y feo, si “representaran” el dolor y el sacrificio de la bestia como medio para la belleza victoriosa del héroe. Pero los festejos taurinos no representan ese sacrificio, lo perpetran realmente, porque carecen de la naturaleza puramente representativa que caracteriza al arte.

La tauromaquia dista de ser arte  porque quiere “representar” lo ideal haciendo lo opuesto: infringiendo “realmente” dolor a un ser inocente. Es como si en una obra teatral matáramos realmente al actor que hace de villano. En los toros no se representa el mal como parte del argumento conducente al triunfo ideal del bien, sino que se comete ostentosamente el mal (la bestialidad de matar al toro  y de exponer a la muerte al torero) como si no se pudiera entender el argumento de otra forma. El toreo está más cerca del ajusticiamiento público y del ritual sangriento y primitivo, que del arte. Por eso está destinado a extinguirse en su forma actual, tal como se han ido extinguiendo los ajusticiamientos públicos y los rituales más primarios.

En cincuenta o cien años el toreo será un recuerdo, idealizado por los versos de Lorca o las pinturas de Picasso. Y nadie querrá, en serio, que sea nada más. Tal como nadie quiere que existan de verdad los bandoleros o los antropófagos, más allá del escenario de las novelas de aventuras. Esperemos que no tenga que correr mucha más sangre antes de llegar a ese final inevitable.

Mantengámonos libres.

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